Por Salvador Sánchez Saura
Profesor de Filosofía (Murcia, España)
Lo primero que destaca de la consideración que
Platón hace del Bien en la República es la aparente contradicción o desproporción
entre la importancia que otorga al conocimiento del Bien en lo privado y,
especialmente, en la dirección de la vida política (de hecho, la idea de Bien
es la piedra angular de su ontología, epistemología y filosofía
ético-política), y el breve tratamiento sustantivo y formal que recibe el
conocimiento más sublime de la filosofía platónica. Si consideramos la
extensión que dedica a la Idea de Bien con relación a la extensión que dedica a
otros asuntos en la obra (por ejemplo a las objeciones sobre el deber obrar
justamente con independencia de los resultados, a la construcción ideal del
Estado, a la naturaleza del verdadero filósofo o a la exposición y análisis de
las diferentes constituciones políticas), parece que lo que Platón nos dice del
Bien es una mera indicación de su valor más que un "tratamiento
sistemático" que fundamente o justifique esa misma tesis. Sobre el por qué
de este hecho, sin embargo, sólo pueden establecerse conjeturas.
En principio, resulta evidente que si la
República hubiese pretendido ser un manual del filósofo‑político, Platón
hubiese tenido que ser más explícito acerca de aquello (el Bien) tal que
«nuestro Estado estará perfectamente organizado, si el guardián que lo vigila
es alguien que posee el conocimiento de estas cosas» (Rep. 506a-b). No parece coherente ni con la prudencia política
ni con el tiempo de preparación que Platón exige del filósofo aspirante a la
dirección de la vida comunitaria, establecer breves trazos o imágenes
sinópticas de aquello que resulta fundamental. Si esto es así, resulta evidente
que no ha de entenderse la República como un manual de formación del político o
del filósofo rey, sino como una obra crítica, en el sentido que nos invita a
una toma de consciencia del hecho de la política real y de su valoración. La
explicación de este breve tratamiento del Bien, en consecuencia, se explicaría
como un momento del proceso de crítica enciclopédica de las múltiples
dimensiones que integran la vida comunitaria.
Por
otro lado, a la pregunta o solicitud del tratamiento del Bien, Platón sale al
paso frenando la presunta avidez de conocimiento de Glaucón. Cuando Sócrates
recuerda a Glaucón que sobre este asunto ya se le ha oído no pocas veces (República, 504e) decir que es el más sublime objeto de conocimiento
y que hace útiles y beneficiosas a la justicia, la sabiduría, etc., Platón
sitúa el asunto en un contexto histórico concreto y más amplio: el de las
investigaciones y enseñanzas de la Academia. Probablemente, la metafísica del
Bien, en todos sus detalles lógicos, ontológicos, teológicos y matemáticos, era
algo que por su amplitud y por su propia naturaleza, Platón consideraba
inadecuado tratar en una obra como la República, de carácter esencialmente
crítico, pensada no sólo para uso interno de los miembros de la Academia, sino
también para su publicación y lectura pública. Cuando Sócrates subraya en el
libro VI que sobre este particular, la metafísica del Bien, ya se le ha oído
hablar no pocas veces, hemos de tener en cuenta que en ninguna de las obras
anteriores a la República aparece un tratamiento singularizado de la Idea de
Bien a excepción, quizá, del Lisis, una de sus obras del período de
juventud. Sin embargo, en el Lisis el Bien aparece como un momento o
fase en el proceso lógico‑dialéctico de explicación de la philía o
amistad. Parece coherente, en consecuencia, pensar que Platón se está
refiriendo a aquellos otros escritos denominados esotéricos, de uso interno de
la Academia y que no han llegado hasta nosotros. Sin embargo, la lógica no nos
permite aseverar concluyentemente esta tesis esotérica. Pues también es posible
pensar que la metafísica y la ética del Bien fuese uno de esos asuntos sobre
los que el filósofo se negase a escribir; asunto sobre el que, después de mucho
considerarlo en situación dialógica, se hiciese de pronto y sin desearlo, una
luz en el alma: un conocimiento de lo inefable. En cualquier caso, la “idea” de
Bien (pese al esquematismo de su tratamiento) ocupa el lugar central del
pensamiento platónico siendo, sin duda, la clave para la comprensión de la
mayor parte de las dimensiones de su filosofía.
Resulta, pues, que lo que de un lado podría
ser considerado como un mérito de Platón, es decir, el carácter sintético y
enciclopedista de su análisis de los diferentes aspectos de la organización y
dinámica de la comunidad humana, se nos presenta, desde otro ángulo, como un
problema para la comprensión de su metafísica y teología del Bien.
Platón introduce el tema de la Idea de Bien en
la República dejando de lado lo que pueda ser el Bien en sí. Parece como si
éste fuese un asunto demasiado elevado para el propósito de la obra. Platón
prefiere abordar el Bien de forma indirecta, analógica, por comparación a algo
que, por su gran semejanza al objeto supremo, podríamos llamarle perfectamente
«vástago del Bien». Como toda analogía, su función es pedagógica. Se trata de
facilitar el acceso a un dominio desconocido de la realidad mediante la
consideración de otro dominio o modelo que nos resulta más familiar y entre los
cuales existe una cierta relación de semejanza estructural y funcional. En
particular, la analogía propuesta es considerar que el comportamiento o
funciones del Bien en el mundo inteligible respecto del alma y las ideas, es
similar al comportamiento del Sol respecto de la percepción visible y los
objetos.
Ahora
bien, obsérvese que, tal como presenta Platón la analogía, ésta no es sólo un
instrumento propedéutico para la aprehensión del estatuto ontológico del Bien,
sino que presupone una tesis ontológica muy característica de la filosofía
platónica: la isomorfía entre lo sensible y lo inteligible, entre lo creado y
lo eterno. Así como es arriba, diríamos, es abajo, y viceversa. La
verosimilitud de la comparación analógica estriba en el hecho de que lo eidético
es el fundamento del ser y de la inteligibilidad de lo sensible. El cosmos
noetós es paradigma o modelo del cosmos horatós. En consecuencia, es probable
que las cosas de abajo sean como las cosas de arriba, y la comprensión de “lo
de aquí” nos guíe en la comprensión de “lo de allí”.
La analogía no es, entonces, sólo una imagen que nos
facilita la comprensión del modelo eterno, sino una imagen que nos indica el
modo cómo hemos de mirar y organizar lo sensible, lo creado. Platón presenta la
analogía resaltando en ella dos dimensiones: la epistemológica y la ontológica.
Epistemológicamente, igual que el órgano de la visión necesita que la luz que
emana del Sol irradie los objetos del mundo visible para ser percibidos, el
alma necesita una cierta luz emanada del Bien para aprehender o concebir los
objetos del mundo inteligible (República,
508a-b). Hay una
oscuridad para los sentidos, en la que nos movemos torpemente y como a tientas
cuando la luz del sol no ilumina el mundo físico de nuestra experiencia concreta.
Pero existe, además, diría Platón, una oscuridad del alma por la que ignoramos
o nos comportamos torpemente respecto de los objetos inteligibles, del modelo
eterno, en ausencia de la luz irradiada por el Bien.
En el ámbito ontológico, la analogía presenta
comparativamente los efectos o manifestaciones causales del Sol y del Bien.
Como el sol “engendra”, así también el Bien es fuente de generación. Y de la
misma forma que lo engendrado ha de guardar una cierta semejanza con lo que
engendra, así el mundo sensible ha de asemejarse a la estructura del “logos”
del que participa. Así, nos dice, mientras el Sol proporciona a los objetos del
mundo sensible el hecho de poder ser percibidos, su generación o aparecer a la
existencia espaciotemporal concreta y su crecimiento (sus cambios de estado o
devenir (República, 509b)), el Bien proporciona a las ideas el hecho
de ser inteligibles (o aprehensibles por el alma), el ser o existencia y su
esencia (República, 509b):
|
MUNDO SENSIBLE |
MUNDO INTELIGIBLE |
|
(SOL) |
(BIEN) |
|
(Proporciona a las cosas) |
(Proporciona a las ideas) |
|
* Ser visibles |
* Ser inteligibles |
|
* Generación |
* Ser (existencia) |
|
* Crecimiento (devenir) |
* Esencia |
Esta
filiación del sol al Bien no sólo se hace depender del hecho de que el Bien es
fontanar de todo cuanto existe (sea inteligible o sensible), como se nos dice
en otra parte; sino también en el sentido de que en la estructura óntica de los
seres espacio-temporales (entre los que debe contarse el hombre y su
consciencia) es el objeto que ocupa “el lugar más alto” en cuanto posibilita la
existencia de la mayor dignidad (el ser de las cosas físicas, sus procesos, la
vida y la consciencia). El sol es el “centro” del cosmos horatós, alrededor del
cual todo gira y es, como el Bien es el “centro” del cosmos noetós, en cuya
razón todo consiste y es.
Lo que proporciona verdad a los objetos de
conocimiento, es decir, a las ideas, dice Platón, es el Bien.
"Verdad" que, en este contexto, se refiere a objetos y no a juicios.
No se trata, pues, de una "correspondencia" entre los contenidos
mentales articulados lingüísticamente y la estructura de nuestra experiencia
eidética. Al contrario, se trata de verdad en el sentido de "realidad"
ontológica por oposición a lo que carece de estabilidad o ser (es decir, lo
cambiante o aparente). Así, el Bien es causa de la verdad de los objetos de
conocimiento porque la existencia y la esencia de las ideas (su verdad) han
sido recibidas o causadas por el Bien. Y en virtud de este mismo hecho, esto
es, al ser el Bien la condición de posibilidad y de la realidad efectiva de los
objetos de conocimiento, es por ello mismo también condición de posibilidad y
realidad efectiva del conocimiento ( República, 508e).
Al ser el Bien el fundamento del modelo eterno (las ideas) lo es también de su
conocimiento.
Sin embargo, precisamente por el hecho de que
el Bien es el fundamento del conocimiento y de la verdad, hemos de tomar la
precaución de no confundirlo con esto mismo. Por muy hermoso que puedan ser el
conocimiento y la verdad, dice Platón, hemos de concebir al Bien como otra cosa
distinta y más hermosa aún que ellos(República, 509a). Es cierto que el conocimiento y la verdad se asemejan
al Bien, del mismo modo que la luz y la visión se asemejan al sol; en todo lo
engendrado, diríamos, puede verse un reflejo de quien engendra, por muy débil
que dicho reflejo pueda considerarse; de lo que es algo no puede producirse ni
engendrarse otra cosa absolutamente distinta en naturaleza. Sin embargo,
subraya Platón, es mucho mayor todavía la consideración que se debe a la
naturaleza del Bien. Pues, se afirma, el Bien no es «esencia, sino algo que se
eleva más allá de la esencia en cuanto a dignidad y potencia(República, 509b) ». Esta tesis, en efecto, es una consecuencia del
modelo considerado por Platón. Así como el Sol es lo que dirige y posibilita el
dinamismo de esa realidad de abajo (el cambio, la vida, el devenir) y, en
consecuencia da el ser a lo espaciotemporalmente concreto siendo, con todo,
algo que supera en dignidad y poder todo lo que deviene, Platón presenta al
Bien como fuente y dueño de las cosas de arriba, productor y dueño del modelo
eterno. Siendo esto así, es decir, aceptando que el Bien no es esencia, sólo
impropiamente podemos considerarlo como una idea. Es "idea" pues
forma parte de esa otra realidad inmutable y eterna, siendo la fuente de la
misma. No es "eidos" en la medida en que su naturaleza no es
esencial.
Esta tesis tiene evidentes consecuencias en lo
referente al conocimiento que tenemos del Bien y a su estatuto ontológico. En
efecto, si el Bien es algo que está más allá de toda esencia, resulta obvia la
imposibilidad del conocimiento de lo que es el Bien en sí. Según Platón, el
conocimiento lo es sólo de esencias, de ideas. Conocemos una cosa cuando
nuestra alma trasciende el particular sensible para aprehender su eidos,
aquello que es común a la multiplicidad y fundamento de la multiplicidad;
aquello que hace que cada cosa sea lo que es. Conocer es reducir la
multiplicidad de nuestra experiencia sensible bajo la idea correspondiente, es
decir, es el proceso y el término por el que encontramos un principio
unificador (eidos) de la multiplicidad de la experiencia. En la República
Platón aborda en diferentes momentos la cuestión de las ideas como fundamento
del ser de las cosas del mundo sensible. En el libro X, desafortunadamente,
Platón propone el ejemplo de las ideas de mesa o silla. El argumento insiste en
que puesto que en el mundo sensible encontramos una multiplicidad de mesas y,
no obstante, aprehendemos tales multiplicidades como multiplicidades de lo
mismo, necesariamente hemos de concluir en la existencia de un fundamento
de la identidad en la multiplicidad. La idea o forma (no sensible) es
justamente, en Platón, dicho fundamento. Ahora bien, el eidos no es sólo
el fundamento de la multiplicidad en el orden inteligible, en el orden del
pensar, como Aristóteles pretendía con su concepción de la abstracción. Para
Platón, la posibilidad misma de pensar la multiplicidad-identidad en el orden
inteligible presupone necesariamente un fundamento objetivo, in re; es decir,
la existencia necesaria de la identidad-multiplicidad en el orden real,
ontológico. Podría argumentarse que la identidad es tan solo un concepto límite
o idealización de las relaciones de semejanza realmente existentes; sin
embargo, también podría argumentarse que la semejanza es una proyección o
reificación de nuestras propias limitaciones o deficiencias perceptivo-cognitivas.
En cualquier caso, en el ineludible orden lógico, la misma noción de
"semejanza" es insostenible sin la misma noción de identidad.
El conocimiento es posible porque pese al
devenir perpetuo de lo concreto, la realidad espaciotemporal tiene una cierta
consistencia ontológica, consistencia que le viene por ser
"participación" o "imitación" imperfecta del modelo eterno.
Si lo real concreto no participase de algún modo de ese modelo eterno, carecería
de armonía, de estructura, de consistencia y, así, sería absolutamente
irreductible a un principio unificador, esto es, sería incognoscible. Conocer
es, pues, conocer la esencia. No obstante, el Bien es algo que está más allá de
toda esencia. Luego el en sí del Bien es incognoscible.
Si observamos detenidamente la epistemología y
la ontología platónicas, vemos que para Platón todo lo que es real
(independientemente del grado de realidad que posea) está sujeto a un principio
de unidad. Su dualismo ontológico no es una ruptura del principio de unidad de
lo existente, sino precisamente es el único fundamento de la unidad de la
experiencia sensible. Cuando Platón postula para cada multiplicidad sensible la
existencia de una idea, está siendo fiel a ese principio unificador de la
experiencia. La Idea de Bien, en el mundo inteligible obedece, igualmente, al
mismo principio unificador. Del mismo modo que el "eidos" resuelve el
problema de la multiplicidad del particular, el Bien resuelve el problema de la
multiplicidad no reduplicativa del cosmos noetós estableciendo un principio
unificador o fundamento común a esa multiplicidad eidética. De igual forma que
el principio unificador de la experiencia sensible no puede ser un particular concreto
sujeto a devenir, el principio unificador de la multiplicidad no reduplicativa
del cosmos noetós no puede ser una esencia pues lo que es parte de una
totalidad no podría ser fundamento de toda la totalidad. Si el Bien fuese una
esencia no habríamos resuelto el problema de la multiplicidad del mundo
sensible. El Bien es, entonces, un trascendental de trascendentales, un
principio unitario y, en consecuencia, no participado.
Este hecho mismo de que en su naturaleza no
hay "participación", ese estar más allá de toda esencia, es lo que
convierta al Bien en un más allá de toda inteligencia, es decir, en un límite
absoluto de la razón. Sin embargo, igual que conocemos al Sol como fuente de
toda luz, conocemos al Bien como fuente de todo ser. Cuando Sócrates advierte a
Glaucón que el Bien «no lo conocemos suficientemente(República, 505a) » no puede referirse, en consecuencia, al hecho de
que del conocimiento del Bien quepa esperar un conocimiento acumulativo. Al
contrario, hemos de pensar que por "conocimiento" del Bien se refiere
al hecho de saber de su existencia y de sus efectos, situando su naturaleza en
un más allá por siempre de toda inteligencia.
Ese "no lo conocemos
suficientemente" ha de entenderse en el sentido de "no hemos tomado
consciencia aún o tan sólo a malas penas" de su existencia y de su
extraordinario poder, a pesar de que, como dice Platón, es el Bien (el
fundamento último de toda realidad) aquello que se persigue y con miras a lo
cual obra siempre toda alma. Seamos o no conscientes de la existencia del Bien,
sea mayor o menor el grado de nuestra perplejidad, lo cierto es que el Bien es
el fin permanente de nuestra conducta. El perseverar en el ser de
Spinoza toma la expresión de perseverar en el Bien en Platón, al menos
en el sentido de que el Bien es el ser y la fuente de todo ser. Pues, aunque el
Bien es un trascendental absoluto es, asimismo y, no obstante, algo que inunda
absolutamente cualquier ser. Los objetos espaciotemporales reciben su ser por
participación de la idea pero ésta, a su vez, recibe su ser por participación
del Bien. El Bien, en consecuencia, se halla presente de algún modo en cada uno
de los particulares concretos. Y ese Bien hay que entenderlo, como decíamos
antes, como lo que otorga consistencia, unidad e inteligibilidad al mundo. Hay
una consistencia o unidad de cada cosa que viene dada por ley natural y a la
que se aspira frente al efecto disolvente del azar y del devenir, de la
materialidad. La aspiración del alma al Bien, «lo que toda alma persigue y por
lo cual hace todo, adivinando que existe, pero sumida en dificultades frente a
eso y sin poder captar suficientemente qué es (República, 505d-e) », la ascensión al Ser, que es como Platón
entiende la actividad filosófica, es la aspiración por rescatar las señas de
identidad de cada cosa, perdidas en un enjambre de representaciones engañosas e
interesadas. Platón reconoce en más de una ocasión el irremediable desastre del
mundo de la contingencia y del devenir. Sin embargo, afirma, sólo podría
paliarse en cierto modo este mal si ponemos de nuestra parte para intentar que
el modelo finito se asemeje lo más posible al modelo eterno. Esta es la tarea
de la filosofía y el compromiso de la filosofía con el mundo concreto: la
comprensión del modelo eterno y su realización finita.
En el libro VI y como proemio introductorio a
la analogía del Sol, nos dice Platón que la Idea de Bien es la que asociada a
la justicia y al resto de las virtudes las hace útiles y beneficiosas; además,
que de nada serviría conocer todas si se desconociese la Idea de Bien (República, 505e). El conocimiento y la verdad, sin el conocimiento
del Bien, se reducen a meros saberes instrumentales sin ningún sentido o
finalidad específica y, en consecuencia, meros instrumentos al servicio del
albur de cada individualidad o colectivo, sea su sentido la excelencia humana o
la indignidad.
El
desconocimiento del Bien supone igualmente, en Platón, el hecho de la enajenación
moral del ser humano, donde el sujeto no está en posesión de sí mismo e
incapaz, pues, de una determinación moral efectiva, al menos en el sentido de
que el Bien es «esto que persigue y con miras a lo cual obra siempre toda alma»
(505e). Y si esta enajenación moral ya es significativa a nivel del individuo
concreto, cuánto más lo será a nivel del Estado, donde las decisiones
trascienden los intereses individuales, y condicionan y posibilitan la justicia
y armonía sociales. Es necesario interpretar esta tesis en el sentido de que,
para Platón, es imposible la justicia social sin la adecuada dimensión
ético-trascendental de la vida política.
Al principio del libro VII, a modo de
reflexión final sobre el significado de su más importante metáfora, nos dice
que la Idea de Bien es lo último que se "percibe" y no sin trabajo en
el mundo inteligible y que «es necesario tenerla en vista para poder obrar con
sabiduría tanto en lo privado como en lo público» ( República, 517c). De dónde, preguntaríamos, le viene al Bien esta
decisiva importancia para la vida moral?. La respuesta ha sido ya indicada en
cierto modo. Como se ha dicho, la bondad y la armonía del mundo sensible sólo
puede ser por imitación o realización del modelo eterno. Pero, especialmente en
los ámbitos moral y político, es fundamental tener muy presente no sólo los
elementos estructurales que intervienen en su constitución (por ejemplo,
conocimiento, decisión y control) sino especialmente atender a su debida
estructuración jerárquica.
Como sabemos, a menudo se considera que el
modelo ontológico de Platón es dualista, pues Platón mismo nos habla de que hay
un mundo sensible y un mundo inteligible (en cuya cúspide sitúa la Idea de
Bien). Esto es correcto si consideramos al Bien como un inteligible, es decir,
algo que puede ser concebido por la inteligencia y no sujeto a devenir. Sin
embargo, plantear así la ontología platónica es una simplificación parcial que
no armoniza tampoco con sus planteamientos generales de isomorfía del cosmos
individual (hombre), del cosmos político y del cosmos ontológico (del que
aquellos son parte). En efecto, si concebimos la Idea de Bien sólo bajo el
aspecto de que es un inteligible no sujeto a devenir, la simplificación es
aceptable. Pero dicha simplificación se vuelve inaceptable pues no hace honor a
la consideración que Platón mismo hace del Bien como realidad metaesencial y
fundante de todo lo real. De los múltiples aspectos desde los que puede verse
la Idea de Bien, parece que éste es el más significativo y autoriza plenamente
a no incluir al Bien en el mundo eidético y a situarlo en un lugar
ontológicamente diferenciado. Aceptado esto, la ontología platónica ya no es
dualista sino triadista; dicha tríada la conforman el mundo del Ser, el mundo
eidético y el mundo del devenir, entre los que se establece una relación de
fundamentación y que induce una relación de jerarquía. Así, el Bien fundamenta
y unifica el mundo de las ideas que, a su vez, es el fundamento y principio
unificador del mundo sensible. Este cosmos triádico (tesis característica de la
filosofía platónica) tiene su reflejo en el cosmos personal y en el cosmos
político (recuérdese, por ejemplo, las tres instancias del alma ‑concupiscible,
irascible y racional‑, sus correspondientes virtudes ‑moderación,
valentía y sabiduría‑ y su proyección política en los estamentos básicos
productivo ‑productores‑, unitivo ‑guardianes‑ y
cognoscitivo o directivo ‑filósofo rey‑, todos ellos concreciones o
proyecciones de los símbolos de lo mudable o devenir, lo mediático o unitivo y
el sentido o fundamento ). Es, así, el reconocimiento de ese carácter triádico
de la estructura psíquico-moral y política, y de su estructuración jerárquica,
lo que posibilita la realización de una unidad u orden armónico en el yo
individual y colectivo, y su recta conducción. De igual forma que en el plano
ontológico existe una subordinación de lo inferior a lo superior (del
particular a la idea y de ésta al Bien), en el plano psico-moral debe
respetarse igualmente esa subordinación (del principio concupiscible al
irascible y éste al moral), así como en el político (la actividad de la
colectividad ‑producción‑ al principio de unidad interna de la
comunidad ‑guardianes‑ y éste a la sabiduría ‑filosofía‑).
Es de la ruptura de ese orden natural de donde, según Platón, surgen todos los
males morales y políticos. Cuando Platón dice que es gracias al conocimiento
del Bien, es decir, gracias al conocimiento de aquello que completa la visión
triádica de la realidad y de la subordinación de lo inferior a lo superior,
cuando las virtudes se vuelven útiles y beneficiosas, apunta al hecho de que
cada virtud (moderación, valentía y sabiduría, en cuya realización consiste la
justicia que es la armonía del cosmos político, reflejo de la armonía del
cosmos general) tiene su dominio en un ámbito determinado de cosas y que sólo
en dicho ámbito puede ejercer eficazmente su función. Conocer el Bien es
conocer que todo se halla subordinado a un principio unitario, y que en el
"mundo de abajo" ha de tenerse en cuenta igualmente esta
subordinación a aquello que más se asemeja al Bien y que, en consecuencia, ha
de representar sus funciones en este orden, es decir, a la sabiduría o al
conocimiento.
Por la forma como Platón presenta la
"Idea" de Bien, resulta natural preguntarse si hemos de conceder, en
la filosofía platónica, al Bien, un estatuto eminentemente de principio
ontológico y epistemológico o, por el contrario, adquiere una especial
relevancia su dimensión teológica y religiosa.
En principio, hay tres indicios que nos
conducen a argumentar en el sentido de que el Bien platónico tiene claras
connotaciones religiosas y teológicas.
En primer lugar, hemos de notar que en la
forma analógica como Platón decide presentar al Bien, se dejan traslucir sus
connotaciones teológico-religiosas. En efecto, al comparar la posición del Bien
y sus funciones en el mundo inteligible con la posición del Sol y funciones en
el mundo sensible, Platón se cuida de matizar que el punto de comparación, al
que por otro lado denomina «vástago del Bien» (República, 507a), no es sólo un objeto en condición de
igualdad al resto de los objetos del mundo sensible, sino una divinidad:
«- Pues bien, ¿a cuál de los dioses que hay en el cielo atribuyes la
autoría de aquello por lo cual la luz hace que la vista vea y que las más
hermosas cosas visibles sean vistas?
- Al mismo que tú y que cualquiera de los
demás, ya que es evidente que preguntas por el sol» (República,
508a)
De otro lado, la validez de la metáfora de que
Platón se sirve no estriba solamente en razones formales (isomorfía estructural
y funcional), sino en razones ontológicas. Pues el término analogado al Bien,
la divinidad solar, no es algo absolutamente distinto del Bien, sino «al que el
Bien ha engendrado análogo a sí mismo»( República, 508b). Ahora bien, dado que en toda generación ha
de existir necesariamente una cierta connaturalidad entre lo generado y
lo que genera, es evidente que sólo de lo divino puede proceder lo divino. Pero
si el Bien, de otra parte, es el Absoluto, el principio único fundante y no
condicionado de todo lo que tiene ser, la perfección misma no participada,
resulta evidente que el Bien no puede ser otra cosa que la divinidad; no
algo divino, sino la misma y única divinidad.
En segundo lugar, resulta conveniente recordar
el carácter divino que Platón otorga siempre a las ideas, al modelo
eterno. En Eutifrón, las ideas son realidades objetivas que no se hacen
depender en absoluto de la voluntad (ni, por añadidura, del entendimiento) de
"los dioses"; al contrario, podemos deducir que lo que de
divino haya en los dioses es por participación del modelo eterno. En Hipias
Mayor, Sócrates afirma que la belleza de "los dioses" lo
es por participación de la Belleza absoluta y, habida cuenta la identidad
platónica entre Belleza y Bien, su misma bondad y perfección. Si, como se dice
en todas las obras de Platón, lo único que nos asemeja a la divinidad
es el conocimiento, la sabiduría, y no (en absoluto) el conocimiento
particular de cual sea el carácter, temperamento, relaciones, creencias y
valores de los dioses de la teología mitológica, resulta lógico pensar que lo
divino a lo que nos asemejamos a través de la filosofía no es otra cosa que
la armonía y la justicia del alma y del Estado (reflejo de la justicia y la
armonía ontológica) y producto del conocimiento de la verdad eterna. Lo divino
de que habla Platón en la Apología y que retiene a Sócrates de su
vocación y dedicación a la política o de emprender cualquier otra cosa u acción
mala, y siempre sin que le falten sobradas razones para hacerlo, no es
otra cosa que el amor a la sabiduría; y la obediencia al mandato
divino que le lleva a preferir el filosofar antes que su propia vida, es la
necesidad moral de obrar por el Bien unido al valor propio del
sabio que sabe lo que es verdaderamente temible y lo que no. En todas las obras
de la juventud, especialmente en la Apología y Eutifrón, lo
auténticamente divino para Platón aparece disimulado o disfrazado bajo la
pretensión epistemológica y ontológica de búsqueda del modelo eterno. Ahora
bien, en la medida en que Platón presenta al Bien en la República como
Absoluto y fundamento de las ideas, en la medida en que el modelo eterno es lo
divino, el Bien no puede entenderse de otra forma sino como la divinidad
misma.
En tercer lugar, nos encontramos con la
caracterización que Platón hace del Bien, una caracterización no exenta de
connotaciones religiosas y teológicas:
a) El Bien es un Absoluto.- Es la
fuente y el fundamento de todo lo existente, pero él mismo no se halla
determinado en su existencia. Es, pues, manantial de Ser, pero él mismo no es
alterable, no caben fisuras en el Bien, diferenciaciones, posibilidad de
predicación, pues en el seno del Bien no hay distinción alguna. Ahora bien, si
recordamos, a propósito de esto, uno de los principios normativos que Platón
establece en el libro II de la República como demarcador de la validez
teológica, para Platón la divinidad era algo simple, en el doble sentido de
que: a) en ella no cabe diferenciación ni multiplicidad alguna y b) en el
sentido de que no puede apartarse de la forma o estado que le es propio.
Las cosas más perfectas, sin embargo, son aquellas que sufren las menores
transformaciones por causa de otras cosas. Pero la divinidad, dice Platón, es
lo verdaderamente perfecto. Luego no cabe mutación en ella, ni siquiera por
voluntad propia. Toda operación de la divinidad es debido a la necesidad.
b) El Bien es causa de todo lo recto y
bello que hay en todas las cosas.- Al ser el Bien la perfección misma y al
ser causa de todo lo existente, de lo eidético e, indirectamente, de todo lo
demás, el Bien está participando en todo y es, por ello, causa de todo lo bueno
y bello que hay en todas las cosas. El Bien no puede ser causa del mal. Si
vemos, esta tesis sobre el Bien corresponde a la primera de las leyes
normativas que Platón establece sobre la validez de la invención teológica:
que la divinidad es esencialmente buena y no puede ser, en consecuencia, causa
del mal.
c) El Bien es causa productora de todo lo
existente.- En el Timeo, Platón presenta la imagen de un "demiurgo"
que fabrica todas las cosas del mundo ateniéndose al modelo perfecto de
las Ideas. Esto, en ocasiones, se ha interpretado erróneamente en el sentido de
que no podía tomarse el Bien de la República como Dios, tal como hiciera la
primera filosofía cristiana. Sin embargo, en la República, es el Bien
quien es causa del ser y esencia de las Ideas. Además, el Bien engendra
(sin mediación de demiurgo alguno) a Helios a su semejanza quien, a su vez, es
causa del ser y de la esencia de lo que deviene en el mundo sensible (República, 508b-c, 517c). En la República, por consiguiente,
es todo producción del Bien. Es por esto por lo que, antes que pensar
que la hipótesis del demiurgo en el Timeo desmienta una
interpretación teológica del Bien en la República, es preferible pensar
que el "demiurgo" es sólo una imagen o un símbolo
gráfico e intuitivo, más propio de una cosmología mítica que de una ontología
racional, de la forma cómo la Razón o Inteligencia divina, construye u
opera sobre la realidad.
d) El Bien es inefable e incomunicable.- Lo
que equipara la experiencia del Bien no a una experiencia cognoscitiva, sino a
una experiencia místico-religiosa; no precisamente una mística al estilo de la
tradición de las grandes religiones, sino de una mística de la razón. No es
renunciando a toda inteligencia como llegamos a la luz que todo lo
inunda, sino recorriendo el largo camino de la inteligencia es como finalmente
llegamos a lo inefable y a lo que todo lo trasciende. Quizá sea esta la razón
por la cual la única referencia escrita que conservamos del Bien sean estas
páginas de la República, y sea a esa región inefable del ser a la que se
refiere en las Cartas II y VII, cuando asegura no haber nada escrito de Platón
sobre estos temas realmente serios. Pero este hecho de no querer hablar nada
más del más sublime objeto de conocimiento, limitándose a presentarlo como una
novedad de la que raramente se ha hablado pero que constituye el mayor bien de
la inteligencia, parece denotar también un profundo sentido de respeto religioso
hacia el Bien. La impresión es como si el silencio de Platón fuese
debido a un intento consciente por proteger de toda profanación ese más
allá de toda esencia.
He afirmado anteriormente
que el ejemplo que aduce Platón en el libro X de la República para la
comprensión de la noción de idea es desafortunado. En efecto, de una parte,
como Platón mismo señala, introduce los objetos artificiales en condición de
igualdad con los objetos naturales para la dilucidación del estatuto epistémico
y ontológico de las ideas. Paralelismo de finalidad puramente pedagógica éste
que, más que argumentar a favor de la existencia de una idea subsistente para
cada objeto artificial (mesa, silla, etc.) lo que pretende ilustrar es la
actividad intencional y/o teleológica de Dios en la construcción del mundo
sensible según un diseño inteligente. Desafortunado, pues, en la medida en que
lo que es una analogía o modelo puramente herurístico se pueda tomar como una
afirmación de la existencia de una idea subsistente e independiente para
cualquier tipo de entidad diferenciable, o "término" lingüístico
general. Desafortunado, igualmente, en el sentido de que asumir el ejemplo sin
considerarlo como lo que es, una mera analogía, conduce a distanciarse del
verdadero "espíritu” de la letra platónico.
La
mayor dificultad para entender la Teoría de las ideas de Platón es disociarla o
separarla taxativamente de su origen en un sentido realista y trascendental de
las entidades morales y ético-políticas.
Creo que la denominada Teoría de las Ideas, independientemente de la
consideración de sus aspectos lógico-lingüísticos, es el desarrollo de un
postulado metafísico y religioso fundamental. Considerar el desarrollo
lógico-lingüístico de la misma al margen de este fondo teológico y místico lo
considero un desatino pues ni el mismo Platón estaba seguro de que un
presupuesto de este tipo pudiese sistematizarse con acierto.
Propongo
la tesis de que en el verdadero "espíritu platónico" las "ideas
subsistentes" corresponden a los principios y elementos fundamentales de
la inteligibilidad del mundo, del cosmos: aquellos elementos fundamentales que,
en sí, contienen todas las posibilidad de desarrollo de la realidad en el
sentido de mundo físico. En el mismo espíritu platónico están las creencias en
la simplicidad fundamental última de la naturaleza. Las ideas, como el logos en
la filosofía cristiana, no son algo
estático sino dinámico. Como en el juego del ajedrez, que el conjunto de reglas
de juego determinan a priori todo el conjunto lógicamente posible de jugadas y
partidas, las ideas subsistentes y primitivas de la ontología platónica
determinan a priori el conjunto de todos las posibilidades ontológicamente
realizables. Ahora bien, a diferencia del ajedrez, mientras que sus reglas son
"principios formales" de actividad, las ideas son "principios
naturales" de actividad: el principio de su desarrollo y despliegue real
es interno.
La verdad, el fin al que
aspira la filosofía, consiste en esa aprehensión de la mente de Dios. Una
experiencia que no puede ser conceptual, lingüística sino de índole mística o
trascendental. La tarea de la filosofía consistiría en conducir al sujeto desde
el nivel de consciencia primario hasta la experiencia mística de lo inefable:
la intuición de aquello que trasciende toda idea (que es, en última instancia,
"determinación" en el orden inteligible); lo no sujeto, pues, a
determinación alguna (el ser puro no calificable ni conceptualizable) y que, no
obstante, es fundamento de todo ser: la Idea de Bien o Dios.
El carácter discreto o
determinado de las ideas platónicas parece llevar naturalmente a concebir ese cosmos
noetos como una especie de mosaico de formas y relaciones. Pero esto es solo
una puerilidad, es decir, una versión ingenua, para niños, de la parte más
fundamental de la filosofía platónica. De ahí surgen precisamente todas las
paradojas de la "teoría" de las ideas (por ejemplo, si hay
"ideas" para términos como "barro" o "suciedad",
o la misma paradoja del "tercer hombre"). Basta recordar que la
discreción del cosmos noetos desaparece al considerar el fundamento mismo de
éste en el Bien, en Dios. En efecto, si en Dios no hay determinación y Dios es
la causa misma de las ideas (como se nos dice en la República) es lógico
negar la existencia de las ideas en Dios. También hemos de negar, en
consecuencia, la continuidad (emanación) en esa procesión no-temporal de
Dios-Idea en la que el primero es causa de la existencia del segundo.