Homenaje a Francisco José Olivieri (1932 –2003)

 

Nuestro querido profesor Francisco Olivieri nos ha dejado bellísimas traducciones del griego al castellano del Eutidemo y del Menón de Platón,  la recopilación de textos y traducción de los escritos de Meliso de Samos, las traducciones inéditas del libro Z de la Metafísica y del Grilo de Aristóteles, la recopilación de textos sobre el Problema del Tercer Hombre publicadas por OPFYL, múltiples conferencias, cursos y seminarios, entre tantas cosas que hizo a lo largo de su vida.

 Pero más allá de su erudición, de su manejo de idiomas, de su cultura, de su memoria e inteligencia, lo que fundamentalmente lo hace inolvidable fue su labor como maestro. No fue una labor más sino la labor de un verdadero Maestro.   

Muchas generaciones pasaron por sus clases. En la Universidad de Buenos Aires y aquí en la Universidad de Mar del Plata específicamente cuando dictaba Historia de la Filosofía Antigua, en diversas carreras universitarias mientras dictaba diferentes materias filosóficas, también en escuelas secundarias aquí como en Mechongué, pues Francisco consideraba fundamental para la formación del docente el paso por ella. Nombrar filosofía siempre implica a Olivieri como profesor. Todos sus alumnos lo recuerdan con aprecio y cariño.

¿Pero porqué todos lo recuerdan?. Por que, vuelvo a repetir, era un Maestro con todas las letras. Por que su dedicación a los alumnos era única, o mejor dicho era socrática, ayudaba a hacer “nacer las ideas” sin influir con las propias, daba a cada alumno el  tiempo necesario para que “sus ideas decantaran”, siempre insistía con dejar los escritos “en reposo” por unos días. Sus correcciones no eran puntuales sino sugeridas. Cuando el desaliento cundía, siempre tenía una palabra de aliento, una observación que aligeraba las preocupaciones; cuando faltaba exigencia en el alumno, él lo empujaba y aguijoneaba como Sócrates .

Analizaba  a todos sus alumnos. Todos eran importantes. Siempre tenía una reflexión sobre ellos. “Aquellas alumnas son muy esforzadas, se preocupan mucho”, “Aquel acepta todo con buena voluntad y actitud” comentaba por ejemplo, un día a la salida de un teórico, en el que había estado concentrado dando clase y sin embargo percibiendo la recepción de sus palabras en cada uno de los oyentes. Se preocupaba por la persona, por su calidad y por sus logros, no solamente por su capacidad intelectual.  Siempre daba oportunidades para mejorar. La paciencia era una de sus virtudes y según él muy necesaria para ayudar a otros a aprender. Nunca imponía su idea, sino que “obligaba”, mediante la discusión, a fundamentar lo que se sostenía, al mejor estilo de lo que suponemos fue la Academia Platónica.

Los que fuimos sus alumnos recordamos la famosa ficha con foto que debíamos entregar al inicio de la cursada, que era un esfuerzo más, por su parte ,en saber quién era quién, uniendo, por así decir, el nombre a la cara de cada uno. Se preocupaba porque el otro llegara a un modo de pensar filosófico por eso las famosas papeletas que contrubuían a desarrollar las capacidades de clasificación, análisis y síntesis, ¡a cuántos enseñó a estudiar filosóficamente!  Cuando los años pasaron y comenzó el preocupante deterioro en la formación del alumnado, él ocupaba algunas clases enseñando Historia Antigua. Su generosidad se demostraba continuamente, tanto en el tiempo que dedicaba a quién se le acercara para aprender más, como en su manera desinteresada de compartir su biblioteca.

Y también sabía bromear, medio en broma medio en serio, expresaba su deseo de encontrar la Biblioteca de Alejandría escondida en algún lugar remoto o en las profundidades de las arenas del desierto.

Mantenía la fe en el hombre  aunque con mucho realismo. Sostenía que el mundo cambiaba y mejoraba pero que una idea para realmente florecer y arraigar necesita unos cien o doscientos años.

Se fascinaba con los descubrimientos de textos antiguos, con la posibilidad de que a partir de ellos se reinterpretara a algún pensador, y esa fascinación la trasmitía sin dificultad a todos los que lo rodeaban.

 

Nunca elevaba la voz dando clases, el silencio y el orden se imponían ni bien entraba. Una vez hubo una huelga no docente en la Universidad de Buenos Aires allá por el 84. Un grupo de alumnos con bombo y todo, obligaban a los demás a salir de las clases, fuese o no su voluntad y a adherirse a la marcha. Los manifestantes se desplazaban por el corredor y al llegar al aula en la que se dictaba Filosofía Antigua abrieron la puerta de una patada. El profesor levantó la vista de sus papeletas y se limitó a mirar a los manifestantes por encima de los anteojos. Inmediatamente cerraron la puerta con cuidado y se fueron.

 

Para él, ser profesor de Filosofía no era un trabajo sino un modo de vida. La coherencia entre lo que pensaba, su labor y su vida era algo que lo distinguía de los otros hombres y para mí lo hacían el ejemplo del verdadero filósofo. Era igual su búsqueda por el saber, el bien y la verdad como su necesidad de ayudar a otros en ese camino y en eso consistía su vida. Siempre va a estar presente entre quien fuimos guiados por él. Su partida produjo en los que lo queríamos un profundo dolor, es uno menos de los “buenos” en el mundo, por decirlo así. Pero si lo vemos como una breve despedida del escenario de esta vida, es una salida entre medio de ovaciones, grandes aplausos y bravos.