Por Lic. Adriana Tedeschi
Un Platón maduro expone en el Fedón[1] una desarrollada teoría de las Ideas de la mano de su teoría del alma.
Las circunstancias que elige para tal presentación son los últimos momentos de
la vida de Sócrates en la prisión ateniense, de modo que el tratamiento de la muerte atraviesa todo el diálogo, abarcando tanto la esfera reflexiva como la
vivencial. Dentro de la argumentación,
interesa analizar la propuesta que Platón pone en boca de Sócrates, por la cual
esta vida debe ser vivida –por quien transite el camino de la filosofía- como
preparación para la muerte,
entendida esta última como
la más plena de las
realizaciones. Los interrogantes hacia los cuales buscará acercarse nuestra
ponencia se vinculan sobre cuáles son las pautas que se consideran guías para
la vida del filósofo y de qué manera y
por qué estas formas de acción tienen, para Platón, tan estrecha vinculación
con la muerte.
Tal como se dijo, el Fedón transcurre el día en cuyo atardecer deberá
beber Sócrates la cicuta, día cuyo tiempo está dedicado al diálogo entre
amigos, ejercicio que consideró Sócrates
como su misión en esta vida. El análisis que vamos a realizar sobre el
filósofo y la muerte se enmarca dentro de un plano existencial y ético, que
tratará, primero, el tema de la inmortalidad del alma, la influencia órfica y la
transformación que realiza Platón de lo mistérico a la argumentación racional;
segundo, la concepción del cuerpo como “cárcel
del alma” y la necesidad del
filósofo de kátharsis o purificación de las demandas
de la existencia actual; tercero, el significado de la muerte como maestra de
la vida; finalmente la enseñanza práctica
acerca de cómo debe ser la relación entre “el amante de la sabiduría” y
la muerte, que tiene como paradigma la muerte de Sócrates.
I
A
poco de iniciado el diálogo que nos ocupa,
Sócrates da su parecer acerca de que, en el caso del filósofo, la muerte
debe ser vista como liberación de la prisión corporal, opinión que fundamenta
en base a concepciones mítico-religiosas:
“El dicho que sobre esto se declara en
los misterios, de que los humanos estamos en una especie de prisión y que no
debe uno liberarse a sí mismo ni escapar de ésta, me parece un aserto solemne y
difícil de comprender. No obstante, me parece que [...] no dice sino bien esto:
que los dioses son los que cuidan de nosotros y que nosotros, los humanos,
somos una posesión de los dioses.” [2]
Esta cita remite a otra del Crátilo,
donde Sócrates relaciona el significado
de las palabras sôma (cuerpo) y sêma (prisión, tumba) y hace una explícita
alusión al orfismo:
“hay quienes dicen que [el cuerpo, sôma] es la tumba (sêma) del alma [...] Sin embargo, creo que fueron Orfeo y los suyos
quienes pusieron este nombre, sobre todo en la idea de que el alma expía las
culpas que expía y de que tiene al cuerpo como recinto en el que resguardarse
bajo la forma de prisión. Así pues, éste es el sôma (prisión) del alma, tal como se le nombra”[3].
La versión del mito a la que alude Platón
es la narración de Orfeo acerca de la
complicidad de Hera que permite que los Titanes descuarticen y devoren a Dionisos, lo cual despierta la ira y el
castigo de Zeus, que destruye a los Titanes. De las cenizas de los Titanes se
generan los hombres, que son así portadores de una naturaleza divina,
proveniente de Dionisos y de un mal congénito, la herencia titánica. El mito de
Orfeo como sacerdote y seguidor de Dionisos
suaviza la fiesta orgiástica de un culto que, en sus orígenes, revestía
un carácter sangriento: “la naturaleza del dios sigue siendo cruel, pero, en lugar
de manifestarse en una ferocidad inmediata, ávida de sangre y de posesión
bestial, encuentra también una expresión que es sólo humana, en la emoción y en
la efusión mística, en la música y en la poesía”[4].
Subyace en la herencia órfica la idea de la inmortalidad del alma, como
principio divino y de la mortalidad corporal, como principio de imperfección.
La inmortalidad permite al alma transmigrar por sucesivas vidas y, en la medida
que realice acciones valiosas, le es posible aspirar a un progreso en sus
sucesivos destinos para encontrar,
finalmente, la perfección total en una vida libre de carga corporal. Igualmente
se considera que, aún por vías ajenas a
las concepciones órficas, tanto el
dualismo psyché-sôma como la
trascendencia de la psyché son ideas
del universo griego que, si bien se van acentuando en el campo religioso y
filosófico a partir del siglo VII a.C., están ya presentes en Homero, en cuya
obra se designa como alma o psyché
aquello que, en el momento
de la muerte, se separa de la persona y como una sombra, abandona el cuerpo camino del Hades.
Es pertinente destacar, además, en la
elaboración de la concepción del alma platónica, el peso del legado socrático.
La psyché era para Sócrates lo más
propio de la persona, el centro gravitacional a partir de cuyo desciframiento
–partiendo del reconocimiento de la propia ignorancia- procede toda posible
interrogación sobre la existencia de conceptos universales. Esta interioridad
toma la representación de un daímon, una voz divina, "que nos
dice, habla en él y le impide hacer ciertas cosas. Experiencia mística o imagen
mítica, es difícil decirlo, pero en ello podemos ver, en todo caso, una especie
de figura de lo que más tarde se llamaría la conciencia moral”[5].
¿Por qué se entiende que Platón realiza, a partir de la herencia
órfica, un pasaje de lo mistérico a lo
filosófico? Porque si bien el hombre
es, para Platón, portador de un principio divino, su naturaleza no proviene de un dios, sino que
se trata de una naturaleza semejante a la verdadera realidad, es decir la Idea;
su cuerpo, en cambio, está regido por las imperfecciones y cambios del mundo
sensible. No indica, como los órficos,
la necesidad de realizar ceremonias iniciaticas de adoración al dios o rituales
con vestimentas blancas o evitar tanto
ingerir carne como presenciar nacimientos y muertes. Si bien Platón
mantiene la concepción órfica psyché-sôma entendida como "lo más valioso del
hombre" y "la penosa existencia actual" respectivamente, le
otorga, como señala Eggers Lan, un sentido más profundo a estos conceptos. Por
un lado, el alma al participar de lo divino, es conciencia cognoscente
llamada "racional", por otro el cuerpo no es sino fuente de irracionalidad, tanto por sus
demandas biológicas como por la fuerza de las pasiones y fantasías
sensoriales. Será, por lo tanto,
el trabajo de cada hombre,
desembarazarse de las demandas corporales realizando una práctica de auto conocimiento, moderación en las acciones
y búsqueda de la verdad: será, sobre
todo, un sometimiento del cuerpo al
alma y de ésta a la normativa del logos y
del bien cuyo paradigma es la Idea.
II
Platón plantea una clara polaridad que enfrenta por un
lado, las aspiraciones del filósofo, enfocadas hacia el alma y por otro la
dedicación a los placeres de los demás
hombres, comprendiendo bajo éstos la
comida, la bebida, la sexualidad y los
cuidados del cuerpo, como la vestimenta y el embellecimiento. ¿Cuál es la
actitud necesaria frente a los placeres? Si bien en otros diálogos la postura
platónica se inclina hacia el ejercicio de la prudencia y el auto dominio
frente a la demanda de las pasiones, en el Fedón, apunta más bien a una erradicación total de
los placeres corporales y de las posesiones materiales, mostrándose partidario de un riguroso ascetismo y de un
marcado desprecio por el cuerpo y todas
sus obras. En principio, critica los apetitos y demandas corporales
ubicados dentro de la esfera moral, pero
además va a proceder a extender la
descalificación del cuerpo y sus percepciones
al campo gnoseológico y epistemológico, en base a que ninguno de los
sentidos colaboran en la búsqueda de la sabiduría. El cuerpo resulta la causa
de perturbaciones y distracciones:
“Nos colma de
amores y deseos, de miedos y de fantasmas de todo tipo, y de una enorme
trivialidad [...] Porque, en efecto, guerras, revueltas y batallas ningún otro
las origina sino el cuerpo y los deseos de éste. Pues a causa de la adquisición
de riquezas se originan todas las guerras, y nos vemos forzados a adquirirlas
por el cuerpo, siendo esclavos de sus cuidados. Por eso no tenemos tiempo libre
para la filosofía, con todas esas cosas suyas. Pero el colmo de todo es que, si
nos queda algún tiempo libre de sus cuidados y nos dedicamos a observar algo,
inmiscuyéndose de nuevo en nuestras investigaciones nos causa alboroto y
confusión, y nos perturba de tal modo que por él no somos capaces de contemplar
la verdad”.
Resulta así
acentuada la concepción del cuerpo como prisión del alma siendo la misión del
filósofo apartarse de todos sus apetitos y demandas. Platón
plantea entonces la necesidad de kátharsis o purificación, idea que remite, en su sentido más
antiguo, a las normativas
higiénicas, reflejándose en el cuidado que los dioses homéricos destinaban a sus cuerpos
y también el cuidado de los mortales a los cuerpos de sus muertos. Ya se
aludió, en páginas anteriores al orfismo y a su búsqueda de purificación.
Dentro del ámbito de la tragedia, la idea de purificación se relaciona con la
expiación de los excesos. Así, en Esquilo y Sófocles la purificación acontece
mediante nuevas acciones que borrarán las manchas familiares o los excesos
individuales que arrastran los
personajes: se pueden citar como
emblemáticos al Orestes esquiliano y al largo tránsito del Edipo de Sófocles hasta alcanzar la elevación
sobre su trágico destino. La idea de kátharsis
se nutre, además, de una vertiente proveniente de la medicina, donde queda secularizada de toda vinculación con elementos religiosos, pasando a
representar la purificación sobre la enfermedad y el restablecimiento de la
salud gracias al arte del médico.
En el caso del Fedón,
la significación de la kátharsis debe
entenderse como el desechar toda injerencia del cuerpo y sus deseos en la vida que
encara el filósofo. Se trata de una
purificación que implica un dominio interno para que el principio divino que
opera en el hombre pueda desembarazarse de la negatividad que supone lo
corporal de su actual existencia. De esta manera, acordamos con Eggers Lan, en
que lo divino al ser incorpóreo en
Platón significa, ante todo, que está
libre de toda irracionalidad, que no sufre interferencia de parte del sôma, con lo cual el sentido de
purificación adquiere así una nueva significación o una significación
ético-filosófica, que asegura, además de una existencia más valiosa, la buena esperanza de una vida mejor
después del abandono del alma, tras la muerte del cuerpo.
III
¿Qué clase de vida, que desecha todos los placeres en
los que está asociado el cuerpo le espera al filósofo? Para el hombre común, no
existe otra analogía que no sea la que
remite a la mismísima muerte. Parece, por tanto, existir un irreconciliable antagonismo entre vida y
muerte, placer y filosofía, resultando
la filosofía aquella clase de vida que alcanza el hombre que se desliga
al máximo de su cuerpo y que tiene su mirada puesta en una existencia sin
ninguna carga sensible. Ejercitarse en morir se
traduce en Platón en ejercitarse en elevarse sobre la prisión que constituye
nuestro cuerpo y nuestra existencia
individual, en búsqueda del
mundo de las Formas, por eso presenta a un
Sócrates que, con el ánimo bien
dispuesto frente a la proximidad de la muerte,
destina sus últimos momentos a dialogar sobre este tema. Según Sócrates, estas cuestiones escapan a la comprensión de la mayoría de la
gente, para quienes es imposible de entender el deseo del filósofo de alcanzar
la muerte.
“¿Consideramos que la
muerte es algo? [...] ¿Acaso es otra cosa que la separación del alma del cuerpo?
¿Y el estar muerto es esto: que el cuerpo esté solo en sí mismo, separado del
alma, y el alma se quede sola en sí misma separada de cuerpo? ¿Acaso la muerte
no es otra cosa sino esto?”[6]
Sócrates
realiza una apología de la muerte frente a sus amigos, que en principio
basa en su esperanza de que exista algo para los que han muerto y, según se
dice, mucho mejor para los buenos que para los malos. En el momento de la muerte, muere
en cada hombre lo que es mortal, mientras que lo que es inmortal iniciará su
viaje hacia el Hades, así es que quien
traspase la muerte sin purificarse entrará en el Hades para ir a parar al
fango, pero quien llegue iniciado, estará en compañía de los dioses ya que “como dicen los de las iniciaciones, muchos
son los portadores de tirsos, pero pocos los bacantes”[7].
Sócrates describe, sobre el final del Fedón,
el mito del viaje del alma una vez acontecida la liberación o separación del
cuerpo y confronta, nuevamente, la vida de quienes se han aferrado sensualmente
al cuerpo y la de quienes se ha mantenido puros y mesurados. A los primeros
corresponden distintos castigos, a los segundos:
[...] y entre éstos, los que se han
purificado suficientemente por medio de la filosofía, viven absolutamente sin
cuerpo por todo el tiempo siguiente y llegan a moradas aún más bellas que las
anteriores, que no es fácil describir ni alcanza ahora el tiempo. [...] es
necesario no ahorrar esfuerzo para participar, durante la vida de la virtud y
la sabiduría. Bella es, en efecto, la recompensa, y grande la esperanza”[8]
Deliberadamente Platón
toma como punto de partida una mitología que postula la superación de la muerte, sea a través de repetidas reencarnaciones, para quienes
no alcanzaron la purificación necesaria, sea una existencia compartida con los
dioses, para quienes han practicado la virtud y el conocimiento. Pero su
discurso tiende a dar una argumentación racional a la creencia de la
inmortalidad del alma, postulando la existencia de las Formas y, como se
expresara antes, el parentesco de la Idea con el alma. ¿Por qué se esfuerza tanto Platón para fundamentar la
superación de la muerte física? Podemos sugerir como hipótesis la experiencia
decisiva que representó, en su vida, la
muerte de Sócrates. Esta muerte, según
afirma Gadamer, no aniquila el paradigma del maestro, ni deja sólo recuerdos que se esfuman con el
tiempo, sino que se transforma en un
legado, teórico y práctico, por medio del cual esta existencia actual,
purificada en cuanto sea posible de toda asociación corpórea, podrá acercarse
al conocimiento de todo lo puro y lo verdadero.
IV
Según el análisis realizado, Platón
concibe en el Fedón la vida del
filósofo como un camino hacia la muerte, entendida como separación de lo sensible,
es decir del cuerpo. Quizá no fue su pretensión haber demostrado la
inmortalidad del alma –interpretación muy debatida dentro de la filosofía desde
entonces- sino más bien considerar que es mejor vivir con esta orientación que
sin ella. Es posible entender,
remitiéndonos nuevamente a Gadamer [9],
que entre el aprendizaje de la vida, teórico y práctico y el misterio de la
muerte, hay una dialéctica abierta y no un resultado que pretenda ser una
demostración, lo cual no ignoraba Platón.
Desde
esta dialéctica abierta, trataremos de acercarnos a las enseñanzas del Fedón sobre la muerte para
remitirla a nuestra propia experiencia, lejana de la Atenas del siglo IV a.C.
En tanto seres mortales, lo primero que impresiona es la manera en que Sócrates
enfrenta la muerte. Es sabido que fue víctima de una condena injusta y que tuvo
la posibilidad de huir para no acatar el castigo, pero fue su decisión cumplir
con la sentencia en un acto de respeto hacia las normas de la ciudad y de la
religión. Fue una muestra de obediencia y de resistencia a la vez: “se somete a
las leyes para demostrar, en el seno mismo de la ciudad, la verdad de su
actitud filosófica y el valor absoluto de la intención moral”[10].
Pone de relieve, entonces, una inusual fortaleza anímica, que mantiene hasta
el momento final y que se evidencia en
gestos concretos como una
última humorada: [enterrádme] “como queráis [...] siempre que me atrapéis y no
me escape de vosotros”[11],
un comentario compasivo sobre su carcelero y
una aporía final al ordenar el sacrificio de un gallo al dios
de la medicina. Así, el ejemplo de
Sócrates refleja cómo vive el momento de la muerte el amante de la sabiduría.
De esta enseñanza de orden vivencial pasamos a una de
orden ético: será necesario prepararse en el propio dominio para poder ser dueño de uno mismo en tal
momento. Esta preparación implica, para decirlo con cierto tono hegeliano, un
largo trabajo de la conciencia con lo negativo, es decir el contacto con el dolor y con la muerte.
Golpeados frente a los avatares de la vida, frente a la cercanía de la propia
muerte y la pérdida de aquellos a quienes amamos, quien aspire a la filosofía
procurará calmar estos dolores y ejercitarse en el auto dominio, desclavándose
estas penas que fijan el alma al cuerpo.
No se trata de no vivirlas, porque Platón no hubiera retratado con tanto
cuidado la pena y aun el llanto que embargó a quienes acompañaron los últimos
momentos de Sócrates y antes, el gesto tierno de Sócrates de acariciar los
cabellos de Fedón. Se trata, más bien, de reconocer que la conciencia puede
tener sus momentos de debilidad pero que, siguiendo el último consejo de Sócrates, es necesario mantener la calma y
contenerse. Así, la muerte de Sócrates se vuelve un modelo
de aprendizaje transformador a partir
de la experiencia con el dolor y con
la muerte, donde el alma probará su fortaleza elevándose sobre la muerte
y la desolación.
Por
último, podemos reflexionar sobre una actitud que a partir del
enfrentamiento cara a cara con la
muerte, implica un pasaje y una
articulación entre lo emocional y lo racional. Seguramente la muerte “de
nuestro amigo [...] el mejor hombre, podemos decir nosotros, de los que
entonces conocimos, y, en modo muy destacado, el más inteligente y más justo” [12]
produjo en Platón una experiencia que
marcaría toda su vida posterior.
Ya señalamos antes que esta muerte física engendró, paradójicamente, un modelo de vida trascendente. A partir de
la muerte de Sócrates, Platón nos guía
hacia una muerte para que de ella pueda
nacer, como dice Hadot, un “yo” en lo
sucesivo ajeno a la muerte, a la individualidad y a la propia pasión, un “yo”
que va a identificarse con el logos
y que deberá elevar su mirada hacia las verdaderas perfecciones.
Este “yo” tiene como paradigma un Sócrates -ya
risueño, ya irónico, ya mordaz- que tanto en el ágora como en el banquete pero especialmente en el momento de
su muerte, nos enseña cómo aprender
a vivir de manera filosófica.
Finalmente,
¿podemos reflexionar, sobre esta muerte tan transitada, con renovado asombro?
Yourcenar se refiere a poder entrar “en la muerte con los ojos abiertos” , pero
entendemos que es algo para lo cual no
se nos prepara. Es cierto que el hombre puede definirse por su
conciencia de ser mortal pero resulta paradójico que, cuando tiene que enfrentar la
experiencia de su propia muerte, en estos tiempos, ésta aparece como algo que le es ajeno.
Somos hijos de una cultura que tiende a obstaculizar, devaluar, trabar esta
vivencia. Se oculta su proximidad, se delegan decisiones, se pierde intimidad.
Frente a cientos de muertes anónimas,
cobra aun mayor dimensión esta figura
de Sócrates que se hace dueño de su propia muerte. Purifica
su cuerpo mediante el baño, se despide con calma de familiares y amigos,
convoca el favor de la divinidad para el tránsito que le aguarda y bebe el veneno. ¿Somos capaces del ejercicio de
una dialéctica viva con la propia muerte?
¿Podremos ser dueños de ese momento que, como tenue sombra se encuentra siempre presente en nuestra conciencia?
Bibliografía y
abreviaturas
Colli,
G.: El nacimiento de la filosofía,
traducción de C. Manzano, Tusquets, Barcelona, 1994.
Gadamer,
H.: El inicio de la filosofía
occidental, traducción de
R. Diez y M. Blanco,
Paidós, Barcelona, 1995.
Guthrie,
W.: Orfeo y la religión griega,
traducción de J. Valmard, Eudeba, Bs. As,. 1970.
Hadot,
P: Esercizi spirituali e
filosofia antica, Einaudi, Torino, 1988.
Hadot,
P.: ¿Qué es
la filosofía antigua?, traducción de E. Cazenave Tapie Isoard, con
la revisión de M.I. Santa
Cruz, Fdo. de Cultura. Ec.,
México, 1998.
Platón, Diálogos
II, Gorgias, Menexeno, Eutidemo, Menón, Cratilo, traducciones,
introducciones y notas por J. Calonge Ruiz, E. Acosta Méndez, F. Olivieri, .L.
Calvo, Gredos, Madrid, 1983.
Platón: Diálogos
III, Fedón, traducción, introducción y notas por C. García Gual (García Gual, Fed.), Banquete y Fedro, traducción,
introducción y notas
por M. Martínez Hernández y
Lledó Iñigo, Gredos, Madrid, 1986.
Platón:
Fedón, traducción,
introducción y aparato crítico de C. Eggers Lan, Eudeba,
Bs. As., 1976 (Eggers Lan, Fed.).
Platonis Opera, Crátilo, versión griega de Burnet, tomo I, Oxford, 1902.
Platonis Opera, Phaedo, versión griega de Burnet, tomo II, Oxford, 1902.
[1] Las citas del diálogo
siguen a la traducción de García Gual, que entendemos suministra una
excelente versión del texto. En lo relativo a la fundamentación argumentativa,
nos apoyamos en el aporte del aparato
crítico y los estudios introductorios de la traducción de Eggers Lan.
[2] García Gual, Fed.
62 a.
[3] Platón, Cratilo, trad. J. Calvo, 400 c.
[4] Colli, El nacimiento de la filosofía, Anagrama, Barcelona, 1988. p. 27
[5] Hadot, ¿Qué es la
filosofía antigua?, Fdo. de Cultura. Ec., México, 1998, p. 46.
[6] García Gual, Fed.
66 c.
[7] op. cit. 69 d .
[8] García Gual, Fed. 114 c.
[9] Gadamer, H.: El
inicio de la filosofía occidental, Paidós, Barcelona,
1995, p.49.
[10] Hadot, P.: ¿Qué es la
filosofía antigua?, Fdo. de Cultura. Ec., México, 1998, p. 50.
[11] García Gual, Fed.
115c.
[12]
op. cit. 118 c.